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Fe y Economía

08 de diciembre de 2016

Obra de Navidad - "Rastro de Dios"

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Obra de Navidad - Iglesia de los Amigos Cuáqueros de La Habana.

Título: RASTRO DE DIOS.

Texto original: Monserrat del Amo, española. El texto fue escrito en 1958.

Versión para teatro: Yilian Fernández Alacal y Mailé Vázquez Avila

 

RASTRO DE DIOS

Acto I

Escena 1

Los niños juegan. El más pequeño de todos no logra hacer lo que el grupo y todos se burlan. El niño se queda triste y regresa a su casa.

Abuela (Saliendo de la cocina haciendo un merengue): Ayyy Federico, tu abuela hoy sí que te sorprende. ¿A que no sabes qué traigo en la cazuela?

(El niño no contesta)

Abuela: ¿Será que mi sorpresa es tan grande que te ha dejado mudo? Si es sencillito… tu dulce favorito… (La abuela se acerca a Federico, e intenta besarlo pero este no se deja) Ayyy nieto mío, ¿Cuéntale a tu abuela por qué estás tan triste?

Federico: Abuela, porque la semilla de mamey es más grande que yo… porque Albertico, el vecino es el que siempre gana en las bolas, porque cuando juego pelota siempre me poncho, porque mis saltos son más pequeños que los de un sapo, porque Dios ayuda más a los otros que a mí.

Abuela: ¿Y eso es lo que te pone tan triste?

Federico: ¿Te parece poco abuelita?

Abuela: Muy poco… ¿Te has dado cuenta que en el cielo hay una estrella más brillante por estos días?...uhmm

Pues te voy a contar cómo en el cielo sucedió exactamente igual. Se llamaba Rastro de Dios. Así lo había apuntado San Miguel, capitán de todos los ángeles, al final de su lista.

(Pasa por delante de ellos San Miguel con una lista gigante en pleno trabajo.)

Porque San Miguel tuvo que hacer una lista con los ángeles fieles, y apretar las filas de su ejército, para que no se notase el hueco que habían dejado los ángeles malos. A todos les puso su nombre.

San Miguel: (Nombrando a los ángeles) Gabriel, tú serás el ángel que anunciará al mundo la más importante noticia.

Rafael, tu más importante misión será acompañar a Tobías en su viaje.  Y desde ahora cuidarás de conducir, sanos y salvos a todos los viajeros. (y continúa la misma acción en segundo plano).

Abuela: Y así fue poniendo a todos su nombre hasta que sólo quedaba uno: Un ángel chiquitín y torpe, que apenas sabía volar. San Miguel había encargado a un ángel grande y fuerte, que se llamaba Fortaleza de Dios, que le enseñase.

(Entra fortaleza de Dios)

Fortaleza de Dios: Así nooooo, tienes que enderezar las alas. Es más… debes hacer mucho ejercicio. Intenta otra vez. (Fortaleza de Dios se va)

Abuela: Pero fue inútil. El sólo sabía volar en el rastro luminoso que dejaba Dios a su paso como una cabecita de luz. Allí sí; allí el ángel chiquitín extendía las alas, y volaba sonriendo feliz.

(Entra San Miguel)

San Miguel: Ten cuidado, Rastro de Dios, y no te apartes de sus huellas, porque Dios va a crear el mundo y los hombres nos darán mucho trabajo, y, si te caes, tal vez no podré mandar un ángel para que te recoja.

Rastro de Dios: Sí, no te preocupes, tendré cuidado. Seguiré a Dios muy de cerca, sin distraerme un momento, para no perder su calle de luz.

Abuela: Por eso vio muy bien cómo creó Dios el mundo.

(La escena se introduce con un cartel que diga: Primer día. Dios camina de un lugar para otro organizando todo y detrás Rastro de Dios)

(Dios es un campesino con sombrero de yarey. Debe haber un retablo de fondo donde tiene guardados todos los elementos):

Dios: Hoy tenemos mucho trabajo. Necesitamos un poco de luz. Aquí dentro tengo algo. (Va al fondo y saca de detrás de la cortina el personaje) se llamará: Día.

(Rastro de Dios Jugando con el Día y repitiendo la palabra)

Dios: El día es para jugar y la noche…para descansar. (Sale la noche cantando una nana)

(Rastro de Dios juega con el día y la noche repitiendo las palabras.)

Abuela: Rastro de Dios miraba todo, muy asombrado, y repetía bajito las nuevas palabras que pronunciaba Dios, para que no se le olvidasen, porque eran muy bonitas palabras, y sucedió el segundo día..

Dios: Hagamos el firmamento en medio del agua… (hace una pausa larga buscando la palabra) y se llamará Cielo.

(Y el cielo va a ser una niña pintada de azul y blanco)

(Rastro de Dios, está intentando pronunciar cielo. La abuela y el nieto sonríen al ver lo difícil que le resulta decir la palabra)

Abuela: El trabajo que le costó aprender a decir cielo… En esto empezó el día tercero, porque allá arriba los días pasan tan de prisa como una tarde de vacaciones.

Dios: Que se junten en un sitio las aguas que están reunidas debajo del cielo y aparezca lo seco. Tú serás la tierra y tú serás el mar.

Abuela: Hizo nacer la hierba y las plantas y los árboles. Puso Dios en todos los frutos las simientes, para que más tarde se pudiera sembrar; y así, cuando se secasen las que había creado, nacieran otras nuevas. Rastro de Dios estaba maravillado, y pensaba qué más cosas podría crear Dios los otros días, cuando las que había hecho eran tan bonitas. Y volaba impaciente, esperando a que empezase el día cuarto.

Dios: Haya luceros en el firmamento del cielo, que distingan el día y la noche, y sirvan de señal a los tiempos y los días y los años. Que brillen en el cielo e iluminen la tierra.

Abuela: Rastro de Dios lo entendía todo muy bien, gracias a que los días anteriores se había aprendido las palabras, y por eso sabía lo que eran la tierra y el cielo, el día y la noche. Vio cómo creó Dios el sol, tan grande y luminoso que sólo Dios podía mirarlo sin deslumbrarse y tocarlo sin quemarse.

Y después la luna, más chiquita, blanca y juguetona como una pelota, que parece divertirse escondiéndose a veces en la noche. También hizo Dios las estrellas, miles, que iban saliendo bellísimas de sus manos, llenas de luz. Unas eran muy blancas y pequeñas. Otras, de colores. Todos los ángeles tuvieron trabajo colocando estrellas donde Dios les decía. Todos volaban de un sitio para otro, y se podía seguir su vuelo por la raya luminosa que trazaban en la noche las estrellas, que llenaban todo el firmamento, y el cielo parecía un parque de diversiones en una noche de fuegos artificiales.

(Todos los ángeles volaban colocando estrellas, menos Rastro de Dios, porque San Miguel le había dicho que no se moviera, no se fuera a perder entre tanto jaleo, y que ahora sería muy difícil buscarlo con tantas cosas como había creado Dios.)

San Rafael: Voy a poner bien visible la Estrella Polar, esa que siempre señala al Norte, para que guíe a los navegantes.

(Allí estaba Fortaleza de Dios, con  una estrella tan grande que ningún ángel había podido moverla, mientras que él la llevaba sin ningún esfuerzo. Sabiduría de Dios, como un guardia  dirigía el tráfico para que ninguno chocase. Miles de ángeles iban y venían, y cuando veían a Rastro de Dios con las alas plegadas, sonreían con un poco de compasión)

Gabriel: (Mirando a Rastro de Dios con lástima) Nunca valdrá para gran cosa un ángel que ni siquiera sabe volar bien.

Abuela: Rastro de Dios no se daba cuenta de sus burlas, porque sólo le daba tiempo para mirar, con los ojos muy abiertos, tan fantástica fiesta de luz. En un momento estuvieron colocadas todas las estrellas. El cielo había quedado precioso. Todos los ángeles se volvieron a Dios para alabarlo. Y entonces se dieron cuenta de que no habían terminado todavía, porque aún faltaba una estrella por colocar. Era una estrella blanca, no muy grande, y Dios la tenía en su mano derecha.

(Los ángeles empezaron a preguntarse dónde había que colocar aquella estrella, porque el cielo estaba lleno, y todas tan bien colocadas y dispuestas que perecía imposible poder meter otra.)

Fortaleza de Dios: Esa estrella sobra. Habrá que tirarla.

Belleza de Dios: Seguramente es que ha salido una estrella de más.

(Dios, en silencio, bajó la mano derecha. A su lado estaba Rastro de Dios, mirándole embobado. Dios se agachó más aún y le entregó la estrella. Rastro de Dios la cogió con muchísimo cuidado, no se le fuera a caer.)

Abuela: El pequeñín creyó que sólo la tendría un momento, mientras  Dios le decía a algún ángel mucho más listo, más bello y más forzudo que él, dónde debía colocarla; pero Dios no dijo nada, vio que todo estaba bien, y así terminó el cuarto día.

Rastro de Dios (en monólogo): La estrella es bien grande, y yo tan pequeño que…, así de pie, casi no la puedo sostener. Necesito tenerla más segura. ¿Qué diría San Miguel si se me cae? (Se fue agachando, agachando, hasta quedarse sentado, con las piernas estiradas y la estrella sobre las rodillas.) ¡Así! ¡Muy bien! Es muy agradable este calorcito… y ¡qué luz!

Abuela: El día quinto, Dios se fue a crear los peces, y Rastro de Dios no pudo seguirlo porque la estrella pesaba mucho y le fue imposible levantarse. A la noche, los ángeles vinieron a contarle cómo eran los peces y las aves y, al otro día, los animales.

(Mientras la abuela narra los ángeles muestran en tapices a Rastro de Dios, las últimas creaciones de Dios)

Por último, le dijeron cómo era el hombre, a imagen y semejanza de Dios, pero por más que se lo explicaron, Rastro de Dios no pudo imaginárselo.

Dios: Hemos trabajado mucho en estos seis días, nos merecemos descansar. (Todos se recuestan en cojines azules mientras la música sugiere bienestar, tranquilidad.)

Abuela: El día séptimo del mundo fue de descanso para todos, y Rastro de Dios echó la siesta, con la cabeza apoyada en la estrella. (Juego con los ronquidos). (Mientras todos duermen San Miguel se mantiene vigilante)

Abuela: Tenía razón San Miguel Capitán, en seguida los hombres empezaron a dar trabajo.

(Música de fondo que apoya el relato. Mientras los ángeles duermen un hombre y una mujer salen del público a hurtadillas para no ser descubiertos y le quitan el sombrero a Dios y se lo ponen, alardeando de ser parecidos a él. San Miguel los descubre y alerta a Dios. Este se levanta y los sorprende. Dios se entristece)

Dios: Hijitos míos, ¿por qué quieren más de lo que ya tienen? ¿No les parece grandioso todo lo creado en estos seis días?

(El hombre y la mujer quedan en silencio, arrepentidos y a la expectativa de lo que sucederá. Todos guardan silencio por unos segundos. Dios va hasta Federico, lo toma de la mano y lo conduce hasta los humanos. Será Federico quien los levanta y los devuelve a sus sitios, como una analogía a lo que se cuenta después.)

Acto II

Abuela: Todos andaban muy ocupados y nadie hacía caso de Rastro de Dios, que estaba ahí sentado desde el principio del mundo, con la estrella entre sus brazos, muy quietecito para no  perderla. Rastro de Dios no se aburría. Miraba lo que podía por encima de la estrella y escuchaba las palabras que decían los ángeles al pasar. A fuerza de verle así años y años, ya nadie le llamaba Rastro de Dios, sino “El sentao”. Tanto, que llegaron a olvidar su verdadero nombre.

Escuchando las conversaciones de los otros ángeles supo cómo salió de Egipto el pueblo de Dios, y cómo fue conducido por el desierto hasta la tierra prometida, y cómo sonaba, profunda y grave la voz de los profetas. El Sentao escuchaba maravillado las historias de la Tierra, y le parecía que los otros ángeles eran muy listos y muy valientes.

Rastro de Dios: ¡Qué clase suerte tengo! Dios me dio una tarea facilita… guardar una estrella y nada más. Solo tengo que cuidar que no se me caiga y tenerla lista para cuando Dios la necesite. Aunque pensándolo bien… ¿Se le habrá olvidado esta estrella? Ha pasado mucho tiempo…pero bueno, no me quejo porque… hasta cómoda es.

(Se escucha una trompeta que anuncia un acontecimiento especial)

San Miguel: Llegó al fin el tiempo de la Gran Promesa.

Abuela: Todo estaba muy bien preparado. San Miguel, Capitán, había mandado un ángel para que cuidase del musgo y de las pajas que estarían en la cunita del niño Jesús; para que las pajas fueran creciendo finas y doradas y el musgo muy verde y fresco. También había buscado el buey y la mulita que calentarían con su aliento el portal; la mula fue elegida toda gris, como la plata, y el buey marrón, como el chocolate. (Mientras la abuela narra ocurre acción paralelamente) Los ángeles que debían cantar “Gloria a Dios en las Alturas” llevaban meses ensayando, y desde todos los rincones del cielo se podía oír tan bonita canción. Así estaban los ángeles esperando la señal de Dios, porque la noticia que ellos llevaban al mundo era la mejor de todos los tiempos.

Rastro de Dios: ¡Aquí está pasando algo raro! ¿No entiendo por qué tanto alboroto? Sera que al fin nacerá el hijito de Dios?

Dios: Veo que todo está muy bien, pero… me parece…que falta algo.

San Miguel: Pero Señor… ya todo está listo. Ya tenemos el pesebre, la paja, la mula y el buey, los ángeles cantores…4 cosas. ¿Qué más podía faltar?

Dios: ¡Falta la estrella! ¡La estrella de los Reyes Magos!

San Miguel: ¡Claroo, la estrella que debe guiar a los Reyes Magos hasta el Portal de Belén! (Llama a Belleza de Dios) Belleza de Dios, ve urgente a traer una estrella de las más brillantes, fíjate. Llévate a Fortaleza de Dios para que te ayude a cargarla.

Dios: No… querido Miguel, esa estrella está guardada desde la creación. Es una estrella especial para este momento. Es una estrella sin usar.

Todos: ¿Una estrella sin usar?

Abuela: Sí, eso era: ¡Una estrella nueva del todo! San Miguel, guiado por Rafael y seguido por los 3 ángeles: Belleza de Dios, Sabiduría de Dios, y Fortaleza de Dios, se fueron al sitio donde se guardaban las cosas nuevas. Había muchas plantas, fuego, nubes y luces preciosas, pero no había ninguna estrella. Volvieron cabizbajos delante de Dios. Sí, Él había creado una estrella para que se estrenase en este momento, y se la había dado a guardar a un ángel. ¿A un ángel? ¿A qué ángel?

(San Miguel buscando la lista. La llevaba siempre guardada entre la armadura y el cinturón de la espada. Tan apurado estaba que no la encontró. Siguió buscando en todos los bolsillos… hasta que la encontró. )

San Miguel: ¿Cómo se llamaba el ángel? Dios todo lo sabe…tengo que tenerlo por alguna parte.

(Sabiduría de Dios se acercó y le dijo al oído unas palabras y a San Miguel se le alegró la cara)

San Miguel: ¡Ah, sí! ya me acuerdo. ¡Es el Sentao!

(Se dirigieron todos, incluido Dios, a donde estaba Rastro de Dios sentado con su estrella sobre las rodillas, desde el principio del mundo. Rastro de Dios cree que lo van a regañar y se esconde detrás de la estrella.)

San Miguel: Escucha, Rastro de Dios: esa estrella que tú guardas está hecha para anunciar a los Reyes Magos el nacimiento del niño Jesús. Tienes que marchar esta noche al Oriente llevando la estrella…

Abuela: En ese momento, Rafael empezó a explicarle a Rastro de Dios en un mapa muy grande por dónde debía ir, y en seguida Fortaleza de Dios le dijo cómo debía llevar la estrella, y Belleza de Dios cómo tenía que volar para que el trazo de la luz, en la noche, quedara bonito.

Rastro de Dios: No entiendo ni una palabra. Creo que no podré hacerlo…No sé volar…(Se pone triste)

Abuela: San Miguel se acordó en ese momento que- apenas había aprendido a volar, y como llevaba tanto tiempo sentado, lo haría peor aún…sería mejor mandar a otro.

(Dios se acerca al ángel chiquitín, y lo mira. Rastro de Dios siente que ya no le pesa la estrella. Se levanta. Dios hace una seña con la mano, y Rastro de Dios ve que se abre una calle de luz en el espacio. Mueve las alas. Primero torpemente, después con fuerza. ¡Vuela!)

Abuela: Como llevaba miles de siglos sentado, sin moverse, le había caído encima todo el polvo del cielo, que es un polvo de luz, y ahora, al batir las alas lo soltaba en una noche, dibujando un trazo luminoso. Los ángeles estaban maravillados. Así fue, volando, volando, por el camino que le había señalado Dios. Llevaba la estrella en las manos extendidas y dejaba a su paso una cola de luz.

(Los Reyes Magos entran a escena, asombrados miran las estrellas y uno de ellos dice, señalando la que llevaba Rastro de Dios)

Rey 1- ¡Mira! ¡La señal! ¡Ha nacido el Hijo de Dios!

(Los reyes se dirigen al pesebre donde está colocada la estrella. Todos se arrodillan a adorar al niño Jesús. Y quedan inmóviles)

Rastro de Dios: (Pensando en voz alta) Que bueno que la sujeté bien fuerte, aunque el viento me tambaleaba de vez en cuando, y las nubes no me dejaban ver. Cuando tenía miedo pensaba en Dios y en lo que siempre me ha gustado seguir sus huellas. Nunca imaginé que esta luz también sería mía.

Federico: Abuela… ¿Yo también tendré una estrella como Rastro de Dios?

Abuela: Federico, todos tenemos un día para volar con nuestra estrella.

Enviada por el Rev. Amós López Rubio (Cuba). 

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